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Estrés y Cáncer (I)

Estrés y Cáncer (I)

Estrés y Cáncer (I)

Artículo escrito por el Dr. Paul J. Rosch, Presidente del Instituto americano de Estrés y Profesor clínico de la Universidad de Medicina y Psiquiatría de Nueva York.

“Este es uno de los artículos más brillantes que he leído sobre la relación entre el cáncer y el estrés como posible factor etiológico de esta enfermedad. En él se recogen observaciones históricas referentes a este tema, así como estudios científicos que apuntan a esta dirección. Lo he traducido del inglés al castellano para facilitar su divulgación y debido a su extensión lo he dividido en varios artículos que iremos publicando.” Dra. Esther Ibáñez

 

La creencia de que el cáncer pueda estar relacionado de alguna manera con el estrés o las emociones angustiosas es tan antigua como la historia de la medicina documentada. Hace más de 2.000 años, en su disertación sobre los tumores, De Tumoribus, Galeno observó que las mujeres que eran melancólicas eran mucho más susceptibles al cáncer que otras mujeres, presumiblemente porque tenían demasiada bilis negra (Melas chole). Era difícil encontrar mucho escrito sobre el cáncer en la literatura médica inglesa hasta 1701, momento en el cual un médico británico, Gendron, destacó el efecto de los “desastres de la vida que producen angustia y tristeza” como causantes de cáncer. Ochenta años más tarde, Burrows atribuyó la enfermedad a “las pasiones inquietas de la mente con la que el paciente se encuentra fuertemente afectado durante un largo periodo de tiempo.”

Médicos de principios del siglo XIX como Nunn destacaron que factores emocionales influían en el crecimiento de los tumores de mama, y Stern señaló que el cáncer de cuello uterino en las mujeres era más frecuente en las personas sensibles y frustradas. En el tratado de Walshe “La Naturaleza y el Tratamiento del Cáncer” se destaca la “influencia de la miseria mental, reveses repentinos de fortuna y frecuentes ataques melancólicos en la formación de material carcinomatoso. Hace cien años, Snow revisó más de 250 pacientes en el Hospital del Cáncer de Londres llegando a la conclusión de que” la pérdida de un pariente cercano fue un factor importante en el desarrollo de cáncer de mama y útero”.

Concedo especial importancia a estas observaciones,  porque la práctica de la medicina hace cien o doscientos años era mucho más personalizada. Los médicos tuvieron que confiar más en su propia comprensión de la importancia de la historia clínica, el trasfondo emocional, y el estilo de vida del paciente, en contraste con el énfasis actual en los procedimientos de laboratorio y de imagen de alta tecnología en los diagnósticos de los pacientes. Además, su educación incluía la literatura, las humanidades y la filosofía, más que el acento actual en la ciencia. Era mucho más probable que conociesen a la familia del paciente, sus relaciones sociales y la influencia de otros factores ambientales psicosociales. También pasaban mucho más tiempo observando y hablando con los pacientes, y haciendo preguntas pertinentes acerca de los detalles, lo que es imposible en el frenético ritmo de la práctica médica especializada y relativamente superficial de hoy. Así, gracias a una formación mucho más completa, y un enfoque más personalizado, bien podríamos esperar que hayan tenido una mayor sensibilidad y apreciación de ciertos matices sutiles que podrían sugerir una posible relación entre el estrés emocional y el cáncer.

Durante el siglo XX, el interés se dirigió hacia agentes externos como causantes del cáncer. En la actualidad, una gran cantidad de sustancias cancerígenas en el aire que respiramos, los alimentos que ingerimos, o varios virus han sido incriminados. Todos estos enfoques implican algún asalto físico en nosotros desde el exterior, de acuerdo con la teoría de los gérmenes de la enfermedad, lo cual es bastante comprensible. El descubrimiento de Pasteur de los microbios y los logros clínicos, y la prueba ofrecida por los postulados de Koch han confirmado las relaciones causales directas entre los microorganismos y las enfermedades infecciosas. El éxito subsiguiente de diversas vacunas y los efectos de los antibióticos que podían salvar vidas parecía resolver las dudas. La gente se enferma porque algo les atacó desde el exterior. Se ha dirigido poca atención a la resistencia o susceptibilidad a la enfermedad. Pocos cuestionaron por qué ciertos individuos expuestos al mismo bacilo de la tuberculosis, virus de la hepatitis, o carcinógenos, permanecieron sanos.

Sin embargo, durante las últimas décadas, numerosos estudios de investigación clínica y en animales han seguido confirmando la importante influencia que las emociones estresantes pueden ejercer en relación con el desarrollo y progresión de diversas enfermedades, y el crecimiento particularmente maligno. Algunas de las principales características de los individuos propensos a enfermedades cancerosas parecen ser frecuentes sentimientos de desesperanza e impotencia, incapacidad para expresar ira o resentimiento, una autoestima baja y tristeza, o haber sufrido la pérdida de una relación emocional significativa. Everson et al. evaluaron la desesperanza en 2.500 hombres y encontró que seis años después fueron casi 3,5 veces mayor los casos de muertes por cáncer o enfermedades del corazón en aquellas personas que habían obtenido resultados altos en la escala que medía el nivel de desesperanza. A propósito de esta discusión, me gustaría concentrarme en la observación de Snow sobre el significado de la pérdida de una relación emocional importante como un precursor del cáncer.

Implícito en la teoría de Cannon de “lucha o huida”, está la premisa de que nuestras respuestas automáticas e involuntarias al estrés se han desarrollado progresivamente a lo largo del tiempo de evolución del hombre. Se postula que representan los cambios adaptativos que eran esenciales para la supervivencia de nuestros antepasados ​​cuando se enfrentaban a una amenaza para su vida física. La secreción de adrenalina y la estimulación del sistema nervioso simpático hace que las pupilas se dilaten para obtener mejor visión, la coagulación de la sangre se acelera para reducir la pérdida de laceraciones o hemorragia interna, la presión arterial y el ritmo cardíaco aumentan para incrementar el flujo de sangre al cerebro y facilitar la toma de decisiones, y los carbohidratos y grasas almacenados en el cuerpo se liberan para elevar el nivel de glucosa en sangre para obtener más energía. La circulación de la sangre disminuye en el sistema digestivo, ya que la digestión no es prioritaria y aumenta en los grandes músculos de las extremidades. Esto produce una mayor tensión y fuerza en los brazos y las piernas para ayudar en la batalla cuerpo a cuerpo, o en la velocidad de locomoción lejos de un escenario de potencial peligro.

Sin embargo, la naturaleza del estrés para el hombre moderno no es un encuentro físico potencialmente letal, con un tigre de dientes de sable o una tribu guerrera cada pocos meses, sino más bien una gran cantidad de estrés emocional que a menudo se produce varias veces al día. La tragedia es que éstos todavía suelen dar lugar a las mismas respuestas “lucha o huida” que no son útiles a nuestro propósito. No es difícil entender cómo estas respuestas inadecuadas al estrés pueden contribuir a “enfermedades de nuestra civilización”, como la hipertensión, diabetes, infartos, derrames cerebrales, úlceras pépticas, espasmos musculares, etc… Muchas de nuestras respuestas al estrés no parecen tener ningún sentido en términos de proporcionar algún beneficio. Cuando se está muy asustado, algunas personas experimentan “piel de gallina”, o la erección del vello de la parte posterior del cuello, y ¿Para qué nos sirve esta respuesta? Sin embargo, la estimulación de esos mismos músculos erectores del vello es responsable de la espalda arqueada de un gato en estado de defensa que le confiere una apariencia más feroz a su asaltante. También producen el erizado de las púas del puercoespín, que proporciona un mecanismo de defensa muy eficaz. Por lo tanto, todas nuestras respuestas al estrés, sin duda, sirvieron para algo útil en algún momento durante el largo curso de la evolución humana.

Es igualmente evidente que a menudo reaccionamos exageradamente a estímulos con respuestas que son perjudiciales. Esto lo vemos en el desarrollo ocasional de queloides deformantes durante la formación excesiva de cicatrices en la curación de heridas. Del mismo modo, el cáncer de labio se puede desarrollar en los fumadores de pipa de arcilla en el lugar del tejido dañado por el calor que está tratando de repararse a sí mismo. Hay otros casos en que los cambios evolutivos adaptativos pueden acabar siendo perjudiciales. En el capítulo que escribí en 1958 en el que hablaba del concepto de Seyle de “Enfermedades de Adaptación”  me referí a la teoría del “oportunismo” en el proceso evolutivo. Esto se refiere a la respuesta del organismo para cubrir una necesidad con cualquier medio disponible, incluso si esa respuesta puede en última instancia resultar perjudicial. El ejemplo citado en ese momento era la enorme variación en el desarrollo de diferentes cuernos en veintitrés especies de antílopes africanos. Algunos cuernos son obviamente demasiado pequeños para ser eficaces, tales como los del Duiker, mientras que otros son difíciles de manejar, como en el kudu. Como se observa esta tremenda variación, las marcadas alteraciones en la configuración anatómica y efecto funcional no parecen tener ningún propósito adaptativo útil o racional, y son más bien un perjuicio. Si tuviera que volver a escribir ese artículo hoy, seleccionaría el desarrollo de tumores malignos en el hombre como tal vez un ejemplo más dramático de “oportunismo” en el proceso evolutivo, por las siguientes razones.

A medida que se desciende la escala filogenética, la incidencia de cáncer disminuye progresivamente, y está ausente en las formas primitivas de vida. Por el contrario, la capacidad del organismo para regenerar los tejidos lesionados o perdidos aumenta proporcionalmente. Organismos más simples, incluyendo algunos invertebrados, son capaces de seccionar partes de su anatomía cuando están heridos. Obviamente, esta capacidad tendría un valor de supervivencia sólo si el animal poseyera una habilidad igualmente notable para regenerar la parte perdida con restos de células disponibles. Por lo tanto, a una estrella de mar le puede crecer un nuevo apéndice, y a una salamandra o tritón le puede crecer una nueva cola o una pierna si se la corta. Los seres humanos, sin embargo, no tienen tales poderes reparadores o regenerativos, excepto tal vez para el hígado y el bazo, que son de naturaleza similar a los órganos que se encuentran en las formas inferiores de vida.

Creo que algunos tipos de cáncer pueden representar un vestigio de esta primitivo potencial regenerativo. Cuando sufrimos una pérdida o lesión, se dispara un intento de responder con actividades de sustitución similares. Desafortunadamente, este nuevo crecimiento, o neoplasia, pueden llegar a ser perjudiciales en lugar de funcionales. Los experimentos con productos químicos que pueden producir cáncer cuando se aplica a la piel o se inyecta en animales de laboratorio y en humanos apoyan esta hipótesis. Cuando estos mismos carcinógenos se inyectan en la pata de una salamandra, no da lugar a cáncer, pero sorprendentemente hay crecimiento de un nuevo miembro accesorio en ese lugar. Si se inyecta la misma sustancia carcinogénica en el cristalino del ojo, la salamandra regenerará una nueva lente. Por lo tanto, un estímulo cancerígeno idéntico puede producir ya sea la regeneración intencionada, o una malignidad fatal, dependiendo del desarrollo evolutivo del organismo.

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